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JUANA ARANDA "LA ABUELA DE TORREPEROGIL"

garranza2El pasado junio Juana se fue, adonde quién sabe sea donde se van antes que uno mismo, todos aquellos a los que ya no podremos abrazar de nuevo... sólo en nuestro pensamiento, sólo en nuestro corazón. Se fue con la misma discreción y elegancia con la que supo llevar su vida, una larga vida de 104 años que la han convertido en "La Abuela de Torreperogil". Pequeñita de estatura, era grande, rebosaba, tenía excelencia de alma, de cuerpo. La excelencia de los que aman mucho, de los que abrazan la vida, cada rincón de ella, de los que regalan cariño y amistad. Era grande como el campo, como un cántaro de leche, de esa leche que en los años de estrechez buscó sin denuedo para alimentar a los suyos; entera siempre y asomada a sus ojillos de madre que todo lo veían, que a todos miraban. Juana era un cuerpo a cuerpo, un "corazón desabrochao". Así al menos la conocí, así al menos la recuerdo.

Juana era demasiado, como esa otra "fortaleza" de la Teresa de Ávila, mujeres inmensas, personas-universo que no pasan por pasar sino por hacer surco, que siembran, que no saben de lo estéril, que son fructíferas (diez hijos parió) y cobijan y dan sombra. Pero me viene también el recuerdo de sus manos, eran pequeñas, manitas de niña con hoyitos lacerados por la aspereza del trabajo y de la vida.

Socialista y cristiana, ella siempre decía que había tenido mucha suerte, que Dios había sido generoso, que la vida, aún dura, la había tratado bien, que le había dado mucho: su familia, sus hijos, a su gran amor Gonzalo y, pese a los malos tiempos (había nacido en junio de 1906, por lo que la incivil contienda le pilló de lleno), nunca le faltó un trabajo y la valentía para sacar unas "perrillas" con las que salir adelante, pues para ella lo que importaba era el presente, estar aquí, vivir ahora, caminar ahora, amar ahora.... Y así lo hacía y así se comportaba, como si cada minuto fuera el último y el más sabroso. Y sus manitas de niña y sus ojillos vivarachos seguían teniendo para todos una caricia, un gesto, una sonrisa...

Baste decir con respeto a Juana, que no debiera haber muerto nunca. Es verdad eso de que las campanas "tañen por ti", pero a veces tañen más fuerte de lo esperado nublando ese "Clavelitos" que tus ahijados de la Tuna "AceiTUNA" tocan para ti. Gracias a su familia por haberla compartido más de un siglo, mi amistad a sus hijos Toribia, Francisco y Faustina, y a todos los que la amaron, la respetaron y la disfrutaron.

("JAéN". Junio 10. Vicente J. Ruiz)

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