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Lunes, 28 Marzo 2011 16:03

Balbuena Francisco

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FcoBALBUENA Francisco Balbuena (Torreperogil, Jaén, 1966) no es un nombre demasiado conocido en los mentideros literarios, a pesar de que tiene a sus espaldas una producción literaria que, aunque no sea abundante, sí sirve para llenar unas cuantas líneas y de que ha obtenido reconocimientos como el Premio de Novela Getafe Negro, que ganó el año pasado con 'No hay perro que viva tanto'. El motivo que justifica la presencia de Balbuena en estas páginas tiene que ver, no obstante, con su última obra, que lleva por título 'El Alcalde del Crimen' y constituye una de las apuestas de la editorial Martínez Roca para este año. Se trata de una narración
cuyas líneas maestras navegan entre la novela histórica y el género negro y que se ambienta en la Sevilla del siglo XVIII para seguir una trama que parte de unos extraños asesinatos de sacerdotes y cuyo protagonista es ni más ni menos que Gaspar Melchor de Jovellanos. Por ese motivo, nos vemos en Madrid, en una cervecería de Alonso Martínez. Cuando llega, lo primero que hace es tenderme un ejemplar del libro. -¿Pero qué relación tiene con Gijón o con Asturias? -le pregunté en cuanto tuve la novela en manos y pude echar un vistazo a la sinopsis de la contraportada. -No sólo no la tengo, sino que ni siquiera he estado nunca más allá del Pajares.
No me pude resistir a preguntarle cómo a un jienense residente en Madrid desde los seis años le había dado por recuperar la figura de Jovellanos y, además, convertirlo en detective. Él tampoco esperaba menos, pero le hizo gracia mi sorpresa y por eso sonrió cuando empezó a explicarme que la figura del ilustrado gijonés siempre le había atraído y que su vida y obra le producían una fascinación que acaso se remontara a su infancia, cuando hizo la Primaria en un colegio que llevaba su nombre. «Aparte de su proyección pública y política, de sobra conocida
yo lo contemplaba como un hombre muy propio de su siglo: un ilustrado que a diario tenía que
vérselas con un mundo hostil; un hombre de mente preclara que en cierto modo no encontraba su lugar en su época, lo cual debía de producirle una continua desazón.
Aunque parezca una extravagancia, muchas veces le he asociado a la imagen que todos tenemos de Gary Cooper en sus personajes: un hombre bueno, sereno, tranquilo y sosegado, un hombre de una pieza que actúa por principios en medio de un entorno conflictivo. Todos sabemos que al final de su vida Jovellanos pagó con muchos sacrificios por mantenerse fiel a sí mismo». Fue esa idiosincrasia la que hizo crecer en Balbuena las ganas de escribir una novela que tuviera de protagonista al autor del 'Informe sobre la ley agraria', aunque no se
ajustara con exactitud a lo que fue la vida real del ilustrado porque «la literatura tiene sus propias verdades»: «Sin lugar a dudas, la imagen que me ayudó a concebir el argumento es el segundo gran retrato que Goya realizó de Jovellanos, cuando era ministro de Gracia y Justicia. En mi opinión, este retrato es uno de los mejores de la historia del Arte. Hay muy pocos que con tan pocas pinceladas reflejen tal hondura de sentimientos, tanta amplitud de un alma humana. Así que me pregunté qué me estaba diciendo esa mirada melancólica y noble de Jovellanos, porque parecía que en esos ojos había toda una vida encerrada, unos recuerdos recónditos, quizá dolorosos. A partir de ahí, yo quise averiguar con mi historia el origen de esa
mirada melancólica y dolorida». 'El Alcalde del Crimen', pues, «parte de una imagen pictórica real para recrear un fresco de ficción» y tiene su origen real en el momento en que Balbuena supo que su protagonista había pasado su primera juventud en Sevilla, desempeñando una serie de cargos administrativos entre los que se encontraba el de Alcalde del Crimen, un dato en el que el escritor vio «la pieza o la imagen para que la historia empezara a desplegarse con todo su potencial». El autor cuenta que «Sevilla a mediados del siglo XVIII era una ciudad en absoluta decadencia, pero al mismo tiempo conservaba ese halo de la urbe que había sido en centurias anteriores: cosmopolita, rica, corrupta, abigarrada y peligrosa.
También Sevilla era entonces, de un modo sorprendente, el último reducto de la Ilustración en España, después de la caída del ministro Aranda y la reacción ultramontana que sobrevino. Por lo tanto, todo estaba confabulado para contar lo que un hombre como Jovellanos vivió terriblemente en su juventud sevillana, en una época muy conflictiva e incierta y en el peor lugar posible». La novela recrea, así, «un siglo, el XVIII, que se ha abordado muy poco en la novelística de nuestros días», pero «su estructura y envoltura argumental poseen todas las características del género negro; era obligado que ambos aspectos se impusiesen en la narración: no podía obviar la época histórica mientras, simultáneamente, contaba una investigación policial». Balbuena dice que 'El Alcalde del Crimen' «es una novela histórica y una novela negra, aunque creo que tiene características singulares; de hecho, yo la enfoqué como un thriller filosófico». El contexto da pie a ello por la dicotomía que se abrió en aquellos tiempos y que instauraría el eterno conflicto entre la fe y la razón: «Buffon escribió por entonces su 'Historia Natural' que venía a centrar todo el conocimiento en torno al ser humano y fue un claro precedente de lo que haría un siglo después Darwin. Al mismo tiempo, en esa época hay un cierto renacimiento de la religión moderada, como los pietistas alemanes o los metodistas
ingleses, que son movimientos reformistas y tolerantes. Las ideas de la Enciclopedia se  hallaban en plena eclosión; la Contrarreforma católica del siglo anterior aún conservaba bastante fuerza... Con todo esto quiero decir que el choque de ideas entre fe y razón era el pan nuestro de cada día. Sin embargo, no debemos pensar en un paisaje lleno de fuertes
claroscuros y con sus perfiles muy delimitados. Había una serie de gradaciones.
La Europa del siglo XVIII ya no era la Europa fanatizada de principios del XVII. En general, en los países más desarrollados se mantenía un equilibrio entre las creencias religiosas y las ideas de la Ilustración. España era la gran excepción. Aquí perduraba la Inquisición con buena parte de su virulencia pasada». -En la novela Jovellanos está acompañado por un inglés y una joven aristócrata. Aparte de constituir un guiño más a las clásicas novelas de género, ¿buscó que cada uno complementase a los demás, que los defectos de uno se vieran compensados
por las virtudes de los otros? -En efecto, tanto la presencia de Jovellanos y el inglés Twiss como su relación a lo largo de la novela responden a las convenciones del género policiaco o negro. Casi estaba obligado a emplear a esos dos personajes contrapuestos y a la vez complementarios: se van dando la réplica, sus distintos puntos de vista les ayudan a avanzar en la investigación, entre ellos se establece tal complicidad y a menudo tal tensión que nos resulta más fácil ahondar en sus mundos interiores. Ni Jovellanos ni Twiss, y creo que ninguno de los otros personajes destacados, son esquemáticos ni carecen de aristas. Son hombres
complejos, como lo es cualquier hijo de vecino. Mariana de Guzman se impuso en la narración porque era el nexo que necesitaba para que la investigación que llevan a cabo Jovellanos y Twiss no se ahogase en una especie de claustrofobia. Ella es el puente con la alta sociedad sevillana, con su poderoso clero, es también el 'agente', por así decirlo, que de vez en cuando les mantiene en la realidad empírica. Porque la trama de la novela a menudo toma unos
derroteros que parecen desbordar toda experiencia humana. Por otro lado, era deseable que hubiese un romance de por medio, el que mantienen Jovellanos y Mariana. Y además, que fuese un romance tan apasionado como para animar la idea fundamental del argumento. Aquí entre nosotros, declaro que siempre una línea argumental que parece secundaria acaba por imponerse como la principal, y normalmente es un idilio. Ésa es la fuerza del amor. Jovellanos amó en su juventud, y eso llega a reflejarse en su mirada de madurez.
De lo anterior se puede deducir que en el origen de 'El Alcalde del Crimen' fue el amor y después vino el crimen. Balbuena -que presentará su novela jovellanista en la próxima edición de la Semana Negra- bebe un sorbo de cerveza antes de confesar el placer que siente al escribir novelas corales, es decir, cuyas páginas aparecen pobladas por un gran número de
personajes. «Me siento a gusto con ellos, no me agobian», asevera antes de matizar que no lo
hace porque se vea incapaz de sostener una novela sobre los hombros de sólo dos
protagonistas, sino porque actúa movido «por una ambición plástica y estética». «Parto de la base de que toda la novela es un artificio, y no hay que darle más vueltas; pero es un artificio que pretende reflejar un mundo supuestamente exterior a su literalidad.
En mi opinión, los múltiples personajes, a poca o mucha distancia del protagonista, enriquecen todo el conjunto, eliminan cualquier atisbo de solipsismo. Frecuentemente las novelas parecen acartonadas y constreñidas en un pequeño cajón porque no se les da aire, se las priva del concurso del parloteo y del murmullo de la vida por la que transcurren». Se me hace tarde. Se lo digo y le comento que me esperan un cuarto de hora después en la plaza de Callao. Se ofrece a acompañarme, y mientras descendemos por Hortaleza en dirección a la Gran Vía me habla de su convencimiento de que «la novela histórica, cualquier novela, siempre cuenta nuestra simultaneidad, es decir, el conocimiento que tenemos los seres humanos de nuestro mundo presente», me habla de su obra inmediatamente anterior, 'No hay perro que viva tanto' (Edaf) -una narración estructurada a base de 'tweets'-, y comenta que él no escribe nunca dos novelas iguales, y que no sabe si eso es «una carencia o una virtud». «Toda historia tiene su forma de ser contada», medita más o menos a la altura del Mercado de Fuencarral, «y mientras 'No hay perro que viva tanto' consiste en una investigación policial narrada en primera  persona y que justifica ese punto de vista en el empleo que el narrador hace del Twitter, 'El Alcalde del Crimen' requería, tal y como he apuntado, una estructura más clásica en función de los supuestos sobre los que se levanta; y si en un futuro encontrase el principio activo que diese cuerpo y sentido al excipiente de Facebook, es seguro que escribiré algo basado en esa red social. No podemos dejar que el género novela se asfixie a sí mismo por cobardía».
Cuando llegamos a la Red de San Luis, nos damos un apretón de manos, prometemos reencontrarnos este mismo verano en Gijón (en la que será su primera visita a la ciudad donde nació el protagonista de su novela) y él se aleja, otra vez Hortaleza arriba, mientras yo aligero el paso para no llegar muy tarde a mi cita en Callao y entretengo el paseo ojeando el último pasaje de 'El Alcalde del Crimen', en el que el hijo de Mariana viaja a Madrid y, ante el retrato que Goya hizo de un Jovellanos cansado y crepuscular, descubre algo que le sirve para constatar que el ilustrado nunca había llegado a olvidarse de su madre y que «dentro de aquel
genial cuadro, ella también viviría para la eternidad». Es la solución a uno de los enigmas que anida en las páginas del libro, a la espera de que lo resuelvan sus lectores.
FUENTE: ELCOMERCIODIGITAL.COM/AUTOR: MIGUEL BARRERO/FOTO: EL COMERCIO
CUANDO JOVELLANOS FUE EL ALCALDE DEL CRIMEN

Lunes, 28 de Marzo de 2011

Visto 337 veces Modificado por última vez en Martes, 22 Septiembre 2015 05:43
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